VENTANA
Los números de la cotización bailan
La persiana americana cubre la mitad de la ventana
Por el espacio abierto al edificio de enfrente, el operario mira a una joven mujer que se mira en el espejo
Se toca y acomoda los senos y ajusta el sostén
Da su espalda al espejo y se mira las nalgas cubiertas por un jean
La planilla electrónica es basta, la lista de productos, interminable
El operario opera con símbolos de símbolos de símbolos
Bajo esa montaña de símbolos, duerme arropada su alma
Su cuerpo está en la pecera climatizada con vista al edificio residencial
Su alma bosteza o boquea como los peces fuera del agua
La mujer es atractiva piensa el operario y contesta una llamada telefónica, manda un e- mail, llena cuatro celdas de la planilla electrónica, bebe un sorbo de cocacola de la lata metálica que yace junto el teléfono móvil
En la ventana contigua la nana se inclina sobre una cuna
Una galaxia de plástico gira sobre esa nueva vida envuelta en algodón
El operario conoce la rutina
El marido aparece en la primera ventana y besa a la mujer, una madre joven y hermosa, desaparece y reaparece en la segunda ventana y se inclina sobre ese ser único e irrepetible
Ese fruto del vientre de la mujer que ahora, mientras el marido hace girar la galaxia de colores y pierde el miedo al ridículo y se pierde a sí mismo en la ternura, vuelve a revisar su imágen en el espejo y a deshacer y hacer su moño de castaños cabellos
El almuerzo ocurre lejos de la mirada del operario, que mira la hora, apura su laborioso planilleo, ve entrar un nuevo correo electrónico, apura el resto de la cocacola dietética, piensa en los 15 minutos que restan para enviar la cotización, en los 30 que restan para salir corriendo, meterse en el metro, salir del metro, meterse en una reunión, en la llamada que le debe a su novia y en todos los clientes con los cuales sí está al día, en la salida a comer que le debe a sus padres, en los dos meses que han pasado desde la última vez que vio a su abuela, en la vida que se debe
El tiempo se acaba, se acaba, se acaba, se acaba:
El marido come rápido mirando por una ventana que al operario le está vedada
La mujer necesita de su abrazo, de su piel, de un mínimo tributo a su belleza
A veces la piensa o la sueña perdida
Y la busca cada mañana en la fría superficie del espejo y en pupilas taladradas por un monitor de su marido
El operario envía la cotización, se pone la chaqueta, guarda en el bolso su computador portátil, corre hacia el metro
El marido elogia el pollo con arroz de la nana, se lava los dientes, se pone la chaqueta, sale corriendo
El operario ya no ve a la mujer reaparecer por la segunda ventana: ahora está perdido dentro del misil de carne humana comprimida lanzado hacia el cemento
La mujer se inclina sobre esa vida que reposa sobre perfumado algodón blando, levanta a esa maravilla perpleja y frágil y la abraza, huele la parte superior de su cabeza, su cuello
Aparece la nana, dos manos rojas, labradas y seguras reciben la maravilla
Dos manos que antes han preparado alimentos, limpiado inodoros, sacudido el polvo, estirado sábanas, persignado el aire y el cuerpo de la nana mudan ahora a la pequeña criatura, ese infinitamente amable ángel que defeca
La madre cierra la puerta, mira en el espejo, se agarra las grasas de la cintura y el abdomen. Se cubre el rostro con las manos.












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